Las explicaciones se han centrado rápidamente en el uso de la tecnología:
“fueron las redes sociales”, “fue la inteligencia artificial”, “fueron las
pantallas”. Algunas son reales; nuestros jóvenes de 15 años dedican más de
45 horas semanales a las redes sociales, la cifra más alta de la OCDE.
Constituyen una condición de época que nadie puede ignorar. Lo que no se
justifica es el salto que buena parte del debate dio sin detenerse,
convirtiendo a la tecnología en la causa central de la caída.
La OCDE también analizó la caída en Lectura y Matemática, que ocurre en casi
todos los países, y señaló que las tendencias en el uso digital no están
directamente relacionadas con esta caída. Chile, además, realiza su propia
prueba: el 59% de los estudiantes asiste a escuelas donde el uso del teléfono
móvil está prohibido, frente al 34% en 2022. A pesar de ello, mantiene una
de las mayores tasas de distracción digital del informe, con un 48% de
reportes en la mayoría de sus clases. Imponer restricciones no elimina la
distracción.
Hay otro hallazgo interesante. Chile es uno de los pocos países en los que
la distracción digital no se asocia con diferencias en el rendimiento de los
estudiantes. Es decir, un estudiante distraído no rinde peor que uno atento.
Esto no implica que la distracción sea inofensiva, sino que posiblemente ha
pasado de ser una actitud individual a convertirse en una condición del
entorno. Cuando casi la mitad de la clase está distraída, el costo lo paga
el curso completo.
PISA aporta otras pistas que nuestro debate local pasa por alto. El índice
de apoyo familiar percibido por los estudiantes chilenos es de −0,29,
frente a −0,19 en la OCDE. El de apoyo docente es de +0,45, frente a +0,03.
El 88% declara que sus profesores lo apoyan en las clases de Ciencias,
frente al 75% del promedio. Esta configuración desmiente dos prejuicios de
un solo golpe. Los profesores chilenos, tan castigados en la discusión
pública, sostienen bastante más de lo que se les reconoce. El hogar sostiene
menos.
La última debilidad tiene su explicación, y la Casen 2024 la refleja mejor
que los puntajes. La pobreza multidimensional afecta al 22,5% de los menores
de 18 años y constituye principalmente una condición infantil en Chile.
En los hogares afectados, el 45,5% de los adultos no concluyó la educación
media. Esto significa, por ejemplo, que un adulto sin escolaridad secundaria
intenta ayudar a su hijo con las tareas en un hogar sin un rincón silencioso,
en un barrio donde no puede salir de noche, o una madre que cuida a un
abuelo dependiente sin poder atender bien a su hijo. Esto representa lo que
queda del “capital cultural” al pasar del concepto a los datos.
Aquí debemos resistir la tentación de usar PISA para afirmar que en Chile el
impacto del origen social es mayor que en otros países. Eso no es correcto.
La varianza del rendimiento en Ciencias atribuible al índice socioeconómico
es del 11,4% en Chile y del 11,6% en la OCDE. Nuestro patrón es típico.
La verdadera anomalía es otra: solo el 2,6% de los estudiantes chilenos
alcanza los niveles más altos (5 o 6) en alguna de las tres áreas, frente al
11,9% en la OCDE, mientras que el 28,8% está por debajo del nivel mínimo
(nivel 2) en las tres pruebas. En resumen, el rendimiento general es
deficiente, carece de un techo de excelencia y tiene un piso muy bajo.
Este nivel de logro ya comienza a evidenciarse incluso antes de la
intervención escolar. Un estudio europeo longitudinal realizado por
Passaretta, Skopek y van Huizen revela que entre la mitad y los cuatro
quintos de las diferencias en el lenguaje detectadas al final de la primaria
ya estaban presentes antes del primer día de clases. La evidencia existente
confirma, sin lugar a dudas, que la influencia del origen social ya está
firmemente establecida antes de que la escuela ejerza su impacto.
Esto constituye la primera deuda del país con la infancia. Actualmente,
Chile debate en el Congreso sobre las salas cuna en el marco del Código del
Trabajo, pero hay muy poca discusión sobre la infancia y su cuidado en
general. También el gasto por estudiante aumenta con la edad, lo cual
contraviene lo recomendado por la evidencia.
La segunda deuda es con la misma escuela, que no ha sido suficientemente
equipada para corregir ni mitigar esas diferencias iniciales. Aunque nuestros
estudiantes muestran una mayor perseverancia y curiosidad que el promedio,
esas cualidades parecen tener menos impacto en Chile que en otros países.
Se pierden en aulas cada vez más difíciles de organizar para enseñar de
manera efectiva.
Durante cuarenta años, las políticas educativas se enfocaron primero en
ampliar la oferta educativa y luego en la evaluación, pero mucho menos en
desarrollar las condiciones y capacidades de las escuelas, como la formación
de profesores, el liderazgo de los directivos o el apoyo técnico. El Estado
ha aprendido a financiar y fiscalizar, pero aún no logra acompañar de manera
efectiva para mejorar. La enseñanza media, además, obligatoria desde 2003,
sigue sin contar con fines claros ni con una política propia.
Hannah Arendt llamó natalidad a la condición del recién llegado. Cada niño
ingresa a un entorno físico y cultural preexistente que debe ser transmitido
por los adultos. Es más fácil culpar a la tecnología, ya que así se evita
afrontar los problemas reales en el hogar y en la escuela. Sin embargo, PISA
revela dos deudas: por un lado, el país no ha creado las condiciones para
que el hogar reciba bien a los niños; por otro, el Estado no ha priorizado
las políticas educativas para abordar ese descuido inicial.
Fuente:
José Joaquín Brunner – “Responsabilizar a la tecnología”