¿Cómo salir del “juego” burocrático universitario?

El respeto por algunas variables relacionadas con el gobierno de las entidades educativas de nivel superior es primordial, ya que afectan la calidad de los servicios que las universidades prestan a sus respectivas comunidades. Hoy estamos ante usuarios cada vez…

¿Cómo salir del “juego” burocrático universitario?

El respeto por algunas variables relacionadas con el gobierno de las entidades educativas de nivel superior es primordial, ya que afectan la calidad de los servicios que las universidades prestan a sus respectivas comunidades.

Hoy estamos ante usuarios cada vez más exigentes. Si frente a algún problema planteado por un estudiante el desenlace fuera el deambular de un punto a otro, chocando, cual esfera de flipper, con diversas estructuras institucionales, sin agregar ningún valor a la resolución del problema, por cierto que surgirá la irritación y el reclamo. La institución optará por tomar las medidas para perfeccionar el servicio, pero puede que ya sea tarde y se haya perdido un número considerable de estudiantes, con el consiguiente daño a la imagen corporativa que ello implicaría.

Como los estudiantes son cada vez más exiguos, a pesar de la masificación de la matrícula en América Latina, las instituciones desarrollan una serie de maniobras y estrategias tendientes a mantener y atraer este preciado actor institucional.

Pero también es perfectamente posible que muchas de ellas intenten convencer a los gobiernos sobre la necesidad de recibir nuevos recursos (los que siempre son necesarios, dada la precariedad en la que viven muchas instituciones de Latinoamérica), lo cual en muchos casos lo único que logrará será la de camuflar las ineptitudes, dado que es probable que las prácticas estén normalizadas, gravitando abrumadoramente en la estructura organizacional.

¿Cómo se sale de este juego burocrático? A diferencia del flipper (juego conocido en los 80 y 90, donde la bola cae irremediablemente sin importar cuántas combinaciones se hayan intentado), de este escenario sí es posible salir. El primer paso debería centrarse en revisar el sistema de gobierno de las universidades, el que puede ser observado desde diferentes ángulos, siempre que se ocupe el conocimiento como plataforma y argumento vital, cualquiera sea el modelo, el enfoque o la teoría a implementar. Parafraseando al clásico Platón, “se debe hacer un esfuerzo para hacer sabio a quien está en el gobierno, pero si esto no se logra, es apreciable y necesario formar a los futuros gobernantes”.

En La República se describió una sociedad perfecta imaginaria en la que los filósofos ostentarían la máxima autoridad y recibirían una educación especial; a cambio, sacrificarían sus propios placeres por el bien de los ciudadanos a los que gobernasen.

Siguiendo esta misma línea, la dirección en las universidades debe recaer en aquellos que poseen el conocimiento (cognición y metacognición, tanto directiva, como operativa, táctica y estratégica) y la práctica, y estén dispuestos a poner esos talentos, esos recursos y capacidades al servicio de la organización, pasando por encima de intereses particulares, enfocados en los desafíos integrales y en el desarrollo de mejoras para el perfeccionamiento de la institución, lógicamente sin desatender las funciones de su área particular de desempeño.

Dicho en otras palabras, el poder debe estar en manos de quienes tienen las competencias y la experiencia para ejecutarlo con eficiencia, eficacia y efectividad. A la inversa, una organización en manos de “incompetentes”, juega al azar, dado que estos pueden por una acción casual acertar a veces; otros, incluso más pragmáticos, prefieren administrar lo que existe y no emprenden nuevas iniciativas, con ello tienden a disminuir a cero las posibilidades de cometer algún error.

“El rol del equipo directivo y su conformación es esencial para producir sinergias y alcanzar los índices de excelencia que la sociedad espera de las universidades como ente generador de conocimientos y cultura, capaz de transformar la realidad del medio en que se insertan”

El rol del equipo directivo y su conformación es esencial para producir sinergias y alcanzar los índices de excelencia que la sociedad espera de las universidades como ente generador de conocimientos y cultura, capaz de transformar la realidad del medio en que se insertan.

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